Esta Navidad regala palmaditas

Puede que estas fechas navideñas tengan mucho que ver en que mi grado de sensibilidad aumente, pero en 2010, y cuando uno cree que ya lo ha visto todo, en un aula se pueden oír cosas que te ponen la piel de gallina.

 

Aunque a mucha gente se le escapen estos detalles y no sea capaz de valorar el alto grado de satisfacción que produce la práctica docente diaria, la gran implicación que llegamos a alcanzar con los alumnos y el ver cómo nos convertimos en un mecanismo capaz de reconducir sus caminos, muchas veces sinuosos, hace que me sienta satisfecho de la labor realizada.cansado1

 

Este es el tercer curso que Decroly imparte el Programa de Cualificación Profesional Inicial  de Ayudante de Montaje y Mantenimiento Informático. Es decir, el nivel educativo más bajo de los que conforman la formación profesional. El alumno tipo de estos estudios es un chaval de entre 15 y 17 años, que no ha conseguido superar los estudios de ESO y que, actualmente, se encuentra fuera de un sistema que, en ocasiones, no ha sabido comprenderle, motivarle o simplemente dedicarle el tiempo que sus aptitudes requerían.

 

En este momento, me encuentro en el aula con mis 12 alumnos de PCPI. Están haciendo una práctica. El grupo es una maravilla. Para empezar, es un grupo reducido, con el que es más fácil trabajar; calladito; con un grado de responsabilidad razonable para lo que, a priori, se espera de un grupo de este perfil educativo; en ocasiones, “vaguetes”; otras veces, indisciplinados, pero siempre cariñosos y con ganas de hacerme una broma con esa mirada chispeante, a la espera de que yo les corresponda. La clase comenzaba esta mañana con: “Sergio, ya te podía tocar la lotería y así no dábamos clase…”.

 

Hoy les entregamos las notas. Música de fondo de David Guetta. Dicen que así les gusta más hacer las prácticas. No entro en debate, el método me parece adecuado si el volumen lo es. Entre microprocesador y microprocesador Diego me mira… ¿qué tal Sergio? ¿Has suspendido alguna?, pregunto, conocedor de la respuesta, pero otorgándole el minuto de gloria que se merece. “¡Qué va!, ¡las he aprobado todas!”, contesta. Probablemente no recuerde la última vez que pronunció esas palabras.

 

En ese momento un compañero se gira y pronuncia una de esas frases lapidarias que se te quedan grabadas a fuego. “Es la primera vez que me van a dar una palmadita y me van a decir que qué bien lo he hecho” (literal). Lo ves…, rezo para mis adentros. Este trabajo merece la pena.

 

A final de curso sabrán mucho o poco de procesadores, discos duros y memorias, montarán ordenadores e instalarán el “Windows” con más fluidez o menos, pero tengo claro, que eso sólo es un objetivo de los muchos que figuran en la programación didáctica. Objetivos que, probablemente, son los menos importantes de todos los que tenemos que conseguir este año. Que todos y cada uno de estos jóvenes se sienta capaz y valorado, que sepan que pueden hacer y conseguir lo que se propongan.

 

Mi programación didáctica sólo necesita un objetivo.

Un pensamiento en “Esta Navidad regala palmaditas

  1. Los entresijos de un procesador se terminan olvidando. Una palmada en la espalda cuando has tenido las cosas difíciles, no se olvida nunca.
    No sé quien estará más orgulloso, el alumno con sus aprobados o el profesor.
    En este trabajo, el 110% es buena actitud. Lo demás, va saliendo solo.
    ¡Ah! Si te toca la lotería, acuérdate también de mi. Enhorabuena por “tus” aprobados.

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