La caja de los recuerdos

Por Lucía Ingelmo Solares, alumna de 2º de Guía, Información y Asistencia Turística (2º Premio)

 

¿Para qué guardar miles de trastos materiales que se acumulan sin sentido alguno cuando podemos captar miles de recuerdos inolvidables?

 

Queridos compañeros; me gustaría compartir un secreto pero ssssh… es un secreto. Cerrad las ventanas, las puertas y agudizad vuestros sentidos, qlucia-ingelmo-giat-2c2ba-puesto-2c2baue la magia de este momento no se escape por el aire.

 

Quedaos en silencio unos minutos, mirad a vuestro alrededor, pensad en la gente que os rodea… ¡Sí! este momento creo que también merece ser recordado, lo guardaré en mi caja de los recuerdos.

 

Tengo una cajita transparente, inodora, incolora, muy frágil, llena de ilusiones y momentos, cargada de sonrisas, penas, llantos, enfados… que día a día me hacen pensar qué hice mal y qué hice bien. Me hacen sonreír, ponerme alegre, triste, eufórica, pensativa, somnolienta, romántica y miles de adjetivos más.

 

Pensaréis: ¡Qué sensiblera!; ¿A qué viene todo esto?; Pues bien, tiene una explicación muy fácil que me gustaría relataros y seguro que a partir de este día a más de uno quizá le interese tener su propia cajita.

 

Hace ya algún tiempo cuando era una loca bajita que medía poco más de 1 metro y se frotaba la nariz con las mangas de su abrigo, mi abuela me llevó de excursión a un sitio precioso rodeado de árboles y naturaleza. Fue un día maravilloso.

 

Ella me contaba miles de historias que escuchaba con atención; hadas que vivían en los árboles, duendes que recogían setas y un sinfín de fantasías que sólo te crees cuando eres tan ingenuo y vives en la completa felicidad. Cuando tu único disgusto es que no te compren aquellos cromos que tanto te gustan y ni se te pasa por la cabeza otros términos como llegar a fin de mes o pagar una hipoteca. Comparaciones aparte, llegó la hora de ir a comer, miles de anécdotas a la hora de la comida imposibles de recordar todas.

 

Al final del día vimos una tienda de souvenirs y yo me encapriché de una cajita que me llamó mucho la atención. Rápidamente fui donde mi abuela a suplicarla que me la comprara pero no llevaba ni una peseta (por aquel entonces). Comencé a llorar y a llorar porque realmente deseaba aquella caja insignificante. Cuando nos subimos en el autobús era tal mi enfado que no la hablaba. Ella atusándome el pelo me decía “vamos, es una caja como cualquier otra ya encontraremos otra más bonita”. Yo la mire y la dije “yaya (es así como la llamaba de forma cariñosa), ha sido un día genial, quería guardarla de recuerdo.” Ella me miró e hizo que sacaba algo de su bolso. Cogió mis pequeñas manos e hizo como que me lo posaba. ” ¿Me guardas un secreto? Esta es mi pequeña caja de los recuerdos. Es pequeña pero grande a la vez ya que caben infinidad de momentos. En ella llevo todo aquello que deseo conservar como el día que tú y tus hermanos nacisteis. Ahora te la doy a ti, espero que guardes todos aquellos instantes que sientas ganas de recordar, que te hagan ser feliz y los que te sirvan para mejorar”. En ese momento la sonreí sin saber muy bien de lo que hablaba. Cerré el puño como si lo sujetara con las yemas de los dedos.

 

Cuando llegué a casa corrí muy entusiasmada a guardarla en un sitio seguro donde no se pudiera romper. Busqué y busqué y finalmente supe que el mejor sitio para guardarla sería dentro de mí en mi corazón.

 

Desde ese momento tengo en mi cajita miles de recuerdos, inmateriales, llenos de sentimientos y sensaciones con muchísimo más valor que cualquier objeto inservible que se acaba guardando en una caja de cartón con decenas de ácaros de polvo.

 

Esta cajita está cargada de ilusiones y momentos que merece la pena recordar y nunca olvidar: Primeros días de clase, cambios de cromos con mis hermanos en la plaza Pombo, risas con mis familiares, rabietas, distintas amigas, distintos colegios, travesuras en un internado, despedidas alegres, despedidas tristes, despedidas dolorosas, despedidas para siempre, largos viajes, momentos interminables de estudio, el primer beso, el primer amor, el primer desengaño amoroso, largas horas de charla con mi madre, despertares en su cama, profesores y compañeros… Todos y cada uno de los momentos que merece la pena conservar están ahí.

Para terminar, para algunos de nosotros finaliza el ciclo formativo que decidimos cursar y, quizá, algunos de nosotros no nos volveremos a ver. Pero que sepáis todos, tanto profesores como compañeros, siempre guardaré vuestras sonrisas y momentos tanto buenos como malos, en mi pequeña caja de los recuerdos.


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