Roberto es único

Por Rubén Castillo Hernández, alumno de SMR2A(accésit)

 

En un mundo donde sólo existía miseria, Roberto no podía despertarse un solo día feliz. Aquella mañana, por desgracia, no era una excepción. Sólo un par de días antes su chica lo había dejado y ahora se veía en tal situación que no podía soportar mirarse al espejo

 

Su vida, para él, era un descontento. Vivía en un barrio bastante céntrico, pero la guerra, sin embargo, no había dejado mucho de la zona central. Él, como el mejor 13-Rubén Castillo Hernández, SMR2Aingeniero químico de su promoción, había sido asignado a ese sitio un año atrás para avanzar en el almacenamiento de materiales residuales peligrosos que las batallas pudieran haber dejado.

 

Su vida, desde aquel primer momento no hizo más que complicarse, mostrarse muy dura. La zona en la que concentró todos sus esfuerzos estaba totalmente devastada. Los residuos más tóxicos que jamás pudo imaginar se acumulaban en la misma cantidad que escombros o adoquines y, lo que era peor, el Gobierno de transición del país se había convertido en algo completamente inoperativo. El poder ejecutivo prácticamente englobaba a los otros dos restantes, pareciéndose cada día más a una dictadura. Los habitantes del lugar día tras día estaban más asustados y la policía propagaba el desorden más que el orden.

 

¿Qué podía esperar Roberto cuando su novia, con la que llevaba más de un año, le dejó? Un “buen” día, tras un agotador trabajo, alegó que no podía más. Su cara, antes bella, se veía agotada y con rastros de llorar.

 

Quedó destrozado. Desde ese día sentía un vacío que ni el más potente alcohol fue capaz de llenar. Nada le hacía sonreír. Por eso, en cuestión de una semana, veía que su cuerpo comenzaba a acusar la depresión sufrida: había perdido unos cinco kilos y su pelo empezó a clarear.

 

En ese momento, donde sentía cada vez más asco de sí mismo, decidió hacer un cambio que fuese recordado. Sentía asco de su vida, de la pérdida de lo más querido para él. Sentía asco de la sociedad en la que estaba viviendo, sentía asco del totalitarismo que se estaba imponiendo, sentía asco de la impasibilidad del resto de países.

 

Al siguiente día, ese asco se transformó en odio. Esa misma tarde, todo fue astucia. Como ingeniero químico, no le fue muy difícil conseguir el material que necesitaba para lo que había pensado. Además, tantos años de esfuerzo mental le sirvieron para elaborar un meticuloso plan. Asimismo, como era uno de los principales cargos en la remodelación y recuperación del país, no le fue complicado conseguir acceso al edificio de las Cortes.

 

El plan era simple: actuar como actúa el gobierno, con amenazas, fuerza y miedo. Hacer caer lo corrupto desde la propia corrupción. Combatir el miedo con miedo.

 

Esa misma noche, todo fue trabajo. Empezó a elaborar lo que emplearía en su intrusión al Gobierno. Poco a poco, su plan fue tomando forma. En muchos de los momentos de esas largas horas de flaqueza pensó en su amor perdido. En todo lo que la guerra arrebataba a las personas, en el odio,en la ausencia de verdad.

 

Todo eso sirvió para asentar en él una profunda determinación.

 

El próximo día fue uno de los mejores que en mucho tiempo había vivido. Por primera vez en días sentía que su vida tenía un propósito. No sentía vacio, ni miedo, sólo una profunda calma que proporciona el tener los objetivos claros.

 

Todo fue como lo planeado. Tomó su coche ya vestido con uno de sus mejores y más amplios trajes. Condujo durante apenas unos minutos ante uno de los pocos edificios aún intactos: La sede de las Cortes. Su coche, con el permiso que lucía en la luna delantera, pasó fácilmente.

 

Con un breve paseo y sin apenas seguridad, llegó al auditorio. Allí, nada ya podía salir mal. Se subió a la tarima, haciendo caso omiso de los guardias, que tampoco prestaban demasiada atención.

 

Encendió el micrófono y se quitó la americana del traje. Así, dejó al descubierto el entramado de tubos que se desplegaba desde su espalda a las muñecas. El origen de todo esto era una pequeña bombona, como las de oxígeno en los hospitales.

 

En ese momento, comenzó con su discurso:

 

“A mi espalda llevo el peso de toda la nación. Esta pequeña bombona es capaz de destruir todo el edificio en el que nos encontramos, así que, si no soy escuchado hasta acabar el discurso, no se producirá ninguno más desde esta tarima.

 

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Mi nombre es Roberto. Soy uno de los ingenieros químicos en jefe que tratan de reconstruir la zona. No soy ningún tipo de terrorista, sólo soy un hombre harto de lo establecido.

 

Hace algunos días, todo lo que sostenía mi vida se derrumbó. Desapareció entre la miseria de este lugar. Todo se está arrastrando hacia la oscuridad. Me veo en mi deber, en el atrevimiento, de decir que ya basta. Este sitio arrastra todo hasta la oscuridad y creo que se ha de traer luz. Se necesita justicia, no totalitarismo.

 

Actualmente y en este mismo momento la corrupción se está extendiendo como un tumor dominando todo con sus enfermizos tentáculos.

 

Es hora de ponerle fin. Este país necesita una guía, necesita ejercer su derecho a ser escuchado. Necesita un cambio.

 

Este mundo necesita saber que el día de mañana, el gobierno no intentará seguir imponiéndose. Este mundo necesita asegurarse de que dos más dos siempre serán cuatro y que no intentarán cambiarlo.

 

Pido a este país que reaccione, que despierte y que se dé cuenta, antes de que sea tarde, de que no quiere sentir un vacío por siempre y por dentro”.

 

En ese momento, Roberto se entregó con su misión cumplida. Hizo que comenzase una revolución memorable, buscando la luz.

 

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