Decepciones

María Escobio González, alumna de Secretariado, CFGS – Quinto Premio

“Soñar para no perder la costumbre, para no oxidarnos, y cuando tengamos la oportunidad, volver a desear cosas grandes”.

Nos pasamos la vida decepcionándonos. Cuando somos niños soñamos con ser astronautas, aventureros, príncipes y princesas… pero crecemos y nos damos cuenta de que esos sueños no se cumplirán nunca. 

 

Sin embargo, esa primera decepción no nos importa mucho, ya que cuando llega, estamos lo suficientemente ocupados con nuestros compañeros de clase del sexo contrario. Es en ese momento cuando nuestras expectativas cambian. Si bien, éstas tampoco son fáciles de cumplir.

 

En unos casos, la inmensa mayoría, es culpa de la genética y las hormonas; es una desgracia con la que, en algún momento,  todos hemos tenido que lidiar. Los menos, entre los que por desgracia o por suerte no  me incluyo, no tienen que luchar con granos y demás tragedias personales y tienen a su disposición cuantas conquistas quieren. Pero tampoco ellos se libran. Pronto comprueban que el número de conquistas aumenta de forma inversamente proporcional a la satisfacción que se obtiene con cada una nueva, con lo que también se decepcionan.

 

Con el tiempo, nuestras aspiraciones y sueños nos van pareciendo más realistas. Ya somos adultos y aquello que deseamos nos parece realista y accesible. Sin embargo, llegamos a la universidad, los que llegan, y comprobamos que aquella enseñanza idealizada que hemos visto en tantas películas y ese ambiente del campus lleno de inquietudes culturales no existe. Comprobamos que no es más que otro paso de tantos que hemos dado para llegar hasta ahí y que posiblemente nos llevará a otro paso, que precederá a otro, y así sucesivamente… Y aquí tenemos otra nueva decepción.

 

En el terreno amoroso no me meto. Mi última decepción aún está reciente… y supura. Sólo diré una cosa que conviene tener en cuenta: normalmente, es una cadena de decepciones la que nos lleva a encontrar a la persona con la que compartiremos futuros desencantos. Esto es más que nada para darme ánimos, a mí y a quien los necesite.

 

Releo lo escrito y cualquiera podría pensar que soy una persona pesimista. Nada más lejos de la realidad. Tampoco presumo de ser realista, considero que quienes se autoproclaman así, no son más que pesimistas de incógnito, porque en estos tiempos que corren, no me refiero a la tan socorrida crisis (que para todo se echa mano de ella), la realidad es más bien para deprimirse.

 

Hay que soñar cada día, siempre, y no hace falta que sea con cosas grandiosas, importantísimos y drásticos cambios en nuestra vida… También valen las cosas pequeñas: desear que haya café hecho nada más levantarte, que no llueva justo el día que has ido a la peluquería…  Soñar para no perder la costumbre, para no oxidarnos y, cuando tengamos la oportunidad, volver a desear cosas grandes.

 

Para terminar, podría recurrir al tópico de que la esperanza es lo último que se pierde, pero creo que es una soberana tontería y además no creo que sea cierto. Hay miles de personas desesperanzadas en el mundo, gente que no tiene nada que la obligue a levantarse por las mañanas. La esperanza se pierde, sí, pero el instinto de supervivencia permanece.

 

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