Las farmacéuticas y sus ratas de laboratorio

Por Vivian Narda López, alumna de 1º de Adminsitración y Finanzas

Uno de los objetivos perseguidos en  el campo de la sanidad y, por ende, las compañías farmacéuticas, a las que yo llamo “objetivos milenio”, es el de reducir la tasa de mortalidad de los seres humanos que padecen enfermedades graves como son: la malaria, el paludismo y el sida

Ante estas situaciones, las compañías farmacéuticas investigan medicamentos que solucionen y que traten estas enfermedades. Una vez encontrado algún posible vivian-narda-ayf-1c2ba-puesto-7c2bamedicamento que evite la propagación de dichas enfermedades, solicitan donaciones a aquellos países que más lo necesitan. 

Ahora bien, ¿donaciones? me pregunto; hasta hace poco eso creía yo, pero parece que sólo son tapaderas que utilizan las grandes compañías farmacéuticas “por no decir todas”. Pues existen hoy en día innumerables denuncias sobre abusos que comenten estas compañías en África, como pueden ser: experimentos con personas, contagios deliberados de enfermedades…

 Desgraciadamente, poco de eso llega a las portadas de los medios de comunicación. Por el contrario, lo habitual es que se haga hincapié en los pocos avances que se logran para contener la pandemia del SIDA o cuando surge alguna epidemia, como la de malaria.

 Lo penoso es que los representantes de países receptores de estos medicamentos son conscientes de ello, y esto no solamente lo digo yo, sino que lo afirman personas procedentes del continente africano, con quienes tuve una pequeña conversación.

A raíz de ello, pude obtener más información y podría decir también, que empresas de Norteamérica e incluso europeas hacen experimentos con seres humanos que por lo general son niños con escasa formación, pobres, y que no conocen plenamente sus derechos. A menudo a estos “experimentos humanos” se les hace creer que están recibiendo tratamiento médico a través de servicios o ministerios de sanidad gubernamentales. 

A pesar de que existen oficinas cuya misión es la de regular la legalidad de la investigación de cualquier documento y que pasan por diversos comités de ética y de investigación clínica. Desgraciadamente, en numerosos países africanos no existen tales instituciones, y aunque las haya, carecen de independencia y están controladas por autoridades gubernamentales corruptas, muchas de ellas son “científicos” que revisan estos sospechosos experimentos. De esta forma se hacen partícipes también de esas mismas conductas contrarias a la ética. A otros muchos les preocupa la posibilidad de que se les margine de la profesión si se deciden a hablar.

Sin embargo, ya sea en uno u otro caso, el hecho concreto es que este tipo de acciones no son aisladas, y no ayudan en nada a la gente; ya fuera con consentimiento del Estado o sin él, se siguen produciendo muertes y deformaciones en niños. Cada vez más, las personas tienen más miedo a la medicina occidental y prefieren no vacunarse ante el temor de ser deliberadamente contagiados con alguna enfermedad, lo que ha sido considerado en algunos organismos, como la USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional encargada de distribuir la mayor parte de la ayuda exterior de carácter no-militar.), como un reflejo de la ignorancia de esa población sin cuestionar su rol en ese tipo de reacciones.  

Cabe recalcar que la desconfianza hacia la medicina proveniente de empresas europeas y norteamericanas ha llegado incluso a enfrentamientos directos entre los estados y las empresas. Un caso concreto es el de Brasil, donde el presidente Lula da Silva dio el visto bueno a la producción de genéricos para combatir el VIH alegando, sencillamente, que los precios cobrados por las empresas europeas en este tipo de medicinas son exorbitantes.

Pero lo que más me preocupa, es el silencio que mantiene la prensa occidental en general, sobre estos casos; es penoso. No sólo porque el considerar que estas cosas no les pueden ocurrir a los niños de Francia o de España es tener estrechez de miras sobre cómo actúan estas empresas, sino porque no se presta atención sobre qué tipo de tratamientos estamos recibiendo ni cómo han sido testeados.

Se ha enfatizado mucho en  la defensa de experimentos médicos en animales, sobre todo en el área de la cosmética, pero ignoramos totalmente cómo resuelven este problema las empresas. “No se puede obtener mejores medicamentos, sin que haya pruebas en personas” fueron algunas palabras de una empresa farmacéutica de la cual no me atrevo a decir su nombre, pues  deja entrever  que los seres humanos somos “conejillos de Indias”, a los que después se les niega el tratamiento para esa misma enfermedad, porque no son un mercado lucrativo.

Aun así tienen  la poca vergüenza de quejarse, y realizar su plan de ajustes que, comienza con despidos y con alza en los precios de los medicamentos, con el fin de reducir costes, e incrementar su base de ingresos.

 

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