Una Esperanza

Por Carlos Herrero Gómez, alumno de Administración y Finanzas (1º Premio)

 

“Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.” Khalil Gibran (1883-1931) Ensayista, novelista y poeta libanés

 

La Tierra es una perla solitaria sumida en las profundidades del cosmos, una joya que flota despreocupadamente en medio de la nada, bailando con el sol y la luna en una danza eterna. Este es mi hogar, el único mundo que conozco. Es un mundo maravilloso y también peligroso. Está lleno de belleza y también de crueldad.

 

A lo largo de la historia, el ser humano ha pasado de ser un humilde invitado en esta Tierra, a ser el dueño absoluto e indiscutible de todo lo que le rodea. Ya no quedan muchos lugares en el mundo donde la mano del hombre no haya dejado su marca. Para entender la relación que existe entre los humanos y su planeta, es necesario explorar la relación de los seres humanos entre sí.

 

Pero esta relación desafía todos mis poderes de comprensión cuando la examino detenidamente. Llevo años haciendo preguntas que nadie es capaz de contestar con claridad. Cuando pregunto a gente corriente por qué los hombres llevamos practicando el arte de la guerra sin descanso desde el principio de los tiempos, suelo obtener una frase hecha del tipo ‘las cosas son así, hijo. No le des más vueltas.’ O ‘sí, el mundo está muy loco, qué le vamos a hacer.’ Las respuestas de los expertos son algo más pulidas: ‘Es la naturaleza del hombre, no se puede remediar.’ O ‘La evolución dicta que sólo los más fuertes sobreviven, y siempre habrá una lucha por los recursos naturales, o por imponer una ideología sobre otra.’

 

Genial. Pero no me han aclarado absolutamente nada. Por mucho que me expliquen su lógica, no entiendo qué sentido tiene tener flotas enteras de submarinos nucleares merodeando por los océanos las 24 horas del día, eficazmente preparados para aniquilar el planeta en cuanto reciban la orden. Mientras tanto, los presupuestos militares de todo el mundo siguen creciendo. Esto es un claro reflejo del temor y la desconfianza que existe entre los líderes mundiales. ¿Acaso no aprendimos nada tras la devastación ocurrida durante la Segunda Guerra Mundial?

 

En los países desarrollados se tiran a la basura toneladas de comida que nos sobra todos los días, mientras en otras partes del mundo la gente se muere de hambre. ¿Por qué? Otra vez la misma respuesta: ‘Las cosas son así.’ Ya, pero, ¿no podrían ser de otra manera?

        

Claro que las cosas pueden ser diferentes. Las voces conformistas de este mundo no me convencen. Nos vanagloriamos con nuestros grandes avances tecnológicos, predicamos sobre las virtudes de explorar el universo y hacer contacto con civilizaciones extraterrestres, pero somos incapaces de poner orden en nuestra propia casa.

        

Nos gusta proclamar que ‘las cosas son más complicadas de lo que parecen’, y sin embargo, lo contrario también es cierto. A veces, las cosas también son más simples que lo que nos cuentan los medios de información. Discutimos sobre la crisis económica como si fuera una gran tormenta, un misterio amenazador que nos persigue y nos acecha sin piedad. Pero la esencia de este asunto, como de muchos otros problemas mundiales, no esconde ningún secreto: la avaricia rompe el saco. Al igual que Calígula robaba al pueblo amparado por la ley, personas de influencia en círculos financieros se aprovechan de las circunstancias para enriquecerse con dinero que no les pertenece. Si Nero tocaba la lira mientras Roma ardía, los tiburones de la bolsa beben martinis en el Caribe mientras la economía mundial se hunde. La avaricia de los emperadores romanos de antaño es la misma que la de hoy en día, lo único que cambia es el saco.

        

Un número escalofriante de especies animales desaparecen todos los días, los desiertos crecen, los bosques se pierden, el aire y el agua cada vez están más contaminados, la lista de calamidades es interminable. Practicamos el racismo y la intolerancia cultural con pasión, sin darnos cuenta de que en este planeta todos somos una gran familia.   

Pero siempre me quedará la esperanza de que algún día las cosas cambiarán. Porque a pesar de todas las desgracias que hay, el mundo es en realidad un lugar maravilloso, y milagros ocurren todos los días. Si hoy todavía no has visto ninguno, para un momento. Cierra los ojos y escucha. El murmullo de la vida suena a lo lejos, firme y constante como el runrún de los ríos. Sus aguas viajarán en todas direcciones, buscando el camino. Un camino lleno de sangre, sudor y lágrimas. Pero, en definitiva, nuestro camino hacia un mundo más humano. ¿Llegará este río al océano? Puede que sí, puede que no, pero es una cuestión que no me hace perder el sueño. Porque al final hay algo más importante que llegar a tu destino, y es viajar con esperanza.

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