Lo que enseña la vida…

Por Estela Salcines, alumno de SMR 1A (accésit)

 

“Un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma.” Miguel de Cervantes (1547-1616), escritor español

 

En la calle San Basilio de Sevilla vive la familia Castillo García. África tiene casi doce años y es de esas niñas alegres, que ni Estela Salcines Zorrillallueva ni truene le quita esa sonrisa tan bonita que tiene. Su hermano Mateo va a cumplir quince años, le encanta el deporte y fastidiar a su hermana pequeña. Su padre, Alberto, es abogado, trabaja mucho y el poco tiempo que está en casa se lo dedica a sus hijos, sobre todo a la pequeña África, ya que Mateo suele ayudar a su madre, María, con las tareas de la casa. María no es simplemente un ama de casa, sino la que lleva hacia delante a toda la familia.

 

Una noche de febrero, mientras María y Mateo hacían la cena y África jugaba con su padre en el sofá, de repente el padre dijo: “bichín, todo saldrá bien, no te preocupes”. Aunque África, al ser pequeña e inocente no sabía por qué dijo eso su padre, no le dio importancia y siguió jugando con él.

 

Transcurrió el tiempo. Mateo y África siempre escuchaban a sus padres discutir y aunque Mateo intentase distraer a África, muy pocas veces los conseguía ya que era una niña muy curiosa.

 

Cuando África cumplió los doce años estaba muy ilusionada ya que iban a estar sus amigos, sus familiares y lo más importante para una niña pequeña; los regalos. Fue un día emocionante y cayó rendida de lo bien que se lo había pasado.

Ese mismo verano, África y su familia se fueron de viaje a Madrid a hacer turismo; ¡fueron a tantos sitios!, ¡sacaron tantas fotos!… pero lo importante es que Mateo y África se lo pasaron estupendamente.

 

Pasó el tiempo. El curso ya estaba a punto de terminar, pero la situación en casa seguía igual; sus padres cada vez discutían más y eso le afectaba mucho. Oír las discusiones durante tanto tiempo… Un día, mientras África desayunaba antes de irse a clase, su madre se sentó con ella y le explicó por qué su padre y ella discutían tanto. Después de un buen rato hablando con África, la madre le dijo: “África; tu padre y yo te queremos como a nadie de este mundo, igual que a tu hermano Mateo y quiero que sepas que siempre vas a contar con nosotros. Ya has visto que últimamente papá y yo discutimos mucho, que no nos entendemos y por eso te quería decir que tu padre y yo ya no vamos a estar juntos”. África se quedó mirando a un punto fijo como si todo lo que hubiese dicho su madre no habría pasado, hasta que de repente dijo: “¡Nooo! No podéis hacer eso”. África no lo entendió y se fue a su cuarto corriendo.

 

Al día siguiente, ya que África estaba más calmada, su padre se acercó a ella y le explicó por qué iba a suceder eso. África seguía sin querer entenderlo.

 

Trascurrieron los años….

 

África se juntó con gente que no debía, una mala influencia para ella. Se comportaba rebelde, contestaba a todo lo que le decía su madre, le echaban de clase todos los días por mala conducta, empezó a fumar y con su padre… con su padre, ni le dirigía la palabra.

 

La madre pensó en mandarla a un internado ya que habían pasado dos años y ella seguía con ese mismo comportamiento. No le asustaba absolutamente nada, le daba igual todo.

Hasta que un día su abuelo, al que tanto quería, se puso enfermo de tantos disgustos que le daba África. África decidió cambiar, volver a ser esa niña buena y educada, aunque esta vez sería responsable pero a la vez un poco alocada. Siempre había pensado que tuvo que madurar antes de tiempo a cuenta de la separación de sus padres, pero no siempre las cosas malas son tan trágicas. En este caso, África aprendió muchas cosas y no olvidará por qué cambio su forma de ser.

 

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