Kronos

Por Joan Manuel González Moreno, alumno de SMR2A (1er Premio)

 

¿Qué ocurre cuando un gran don se convierte en tu peor pesadilla? Es algo que todos desearíamos poseer, pero tras este relato quizás te lo pienses mejor

 

Los pájaros no se movían; el viento no soplaba; el tráfico no circulaba. Ni siquiera las diminutas hormigas transportaban su comida al 01-Joan Manuel González Moreno, SMR2Ahormiguero para poder sobrevivir al duro invierno. Las gotas de rocío se detuvieron inertes en la verde hierba; el silencio lo envolvía todo; recorría cada rincón de la ciudad. Un silencio imposible de describir. Ese tipo de silencio que te permite oír de manera clara los latidos de tu corazón. Un silencio aterrador; ni un solo ruido; ni una voz; ni una respiración; tan solo yo y el tiempo.

 

No recuerdo para qué lo había hecho esta vez, seguramente para asegurarme de que todavía poseía aquel don. Las clases son largas y para mí el tiempo es infinito. Desde hace ya algunos meses (no sé cuantos exactamente), cuando puedes conseguir que un día dure como si fueran cinco, y que una hora no acabe nunca, el tiempo ya no tiene valor. No vives preocupado como el resto de los mortales; te desprendes del reloj y del calendario, los días, las horas, los meses, los años no te importan, te son indiferentes, solo importas tú y tus objetivos. Como iba diciendo, desde hace ya unos meses poseo un extraordinario don al que yo llamo “Kronos”, que me permite detener el tiempo, pararlo a mi antojo, hacer con él lo que me venga en gana. Yo soy su dueño.

 

No sé cómo ocurrió la primera vez, ni tampoco el por qué, pero lo cierto es que me ha sido muy útil. Desde que aprendí a usarlo soy el primero de la clase, jamás he llegado tarde a ninguna cita, he podido huir de todas las situaciones embarazosas o peligrosas que me han ocurrido… ¡ah! y muy  importante; puedo entrar en cualquier sitio en cualquier momento.

 

Al principio lo usaba sobre todo para copiar en los exámenes. Era muy fácil: yo detenía el tiempo una vez que el profesor repartía los exámenes, sacaba los apuntes de la cartera y disponía de toda la mañana para bordar el examen. Después volvía a dejar el tiempo correr y hacía como si escribiera durante todo el examen. Mis notas mejoraron notablemente, aunque por suerte antes de que todo esto llegara a mí, mis calificaciones eran bastantes buenas. Hubiera sido muy sospechoso que un alumno de suficientes de repente comenzara a sacar dieces de la noche a la mañana. Nadie lo hubiera creído y tal vez alguien hubiese descubierto mi “Kronos”. Más tarde me dí cuenta de que también podía sacarle partido de otras formas, pues me permitía escabullirme de algún lío. Una vez mientras caminaba por uno de los peores barrios de la ciudad, un maleante salió de entre las sombras pidiéndome que le diera todo el dinero que tenía y esas cosas que te dicen cuando te atracan. Yo utilice mi “Kronos” y me escapé de allí. Una vez que ya me encontraba en la puerta de mi casa, dejé que todo volviera a la normalidad, aunque no me gusta usarlo de esta manera, no es nada discreta, y si algo requiere este tipo de don es discreción. Poco a poco descubrí la cantidad de caminos que me abría “Kronos”, de todas las posibilidades que tenía. No existían limites, no había barreras ni horizontes. El tiempo había desaparecido.

 

De vez en cuando utilizaba el “Kronos” sólo para ver si seguía funcionando, ya que uno de mis mayores miedos era perderlo. Perdía la vista en el horizonte hasta que la visión se nublaba. Entonces, mi pulso se aceleraba y mis manos comenzaban a sudar, una presión taponaba mis odios y entonces todo se detenía.

 

Y de repente pasó. No sé cómo exactamente. Quizás estaba cansado, quizás “Kronos” puede desgastarse al igual que la ropa, o romperse o estropearse. Quizás funciona igual que los nuevos aparatos electrónicos cuya obsolescencia es programada. No lo sé. El caso es que no puedo volver atrás, no soy capaz de volverlo a hacer funcionar. Mi don ha desaparecido y ahora nada se mueve, el tiempo se ha detenido conmigo dentro de él como un espectro. Las calles están repletas de gente y sin embargo están vacías. No se oye bullicio, la ciudad no tiene alma, las personas, los coches, los animales, los árboles, los edificios, los semáforos… son las entrañas inertes de un gigante muerto. Yo vago solo, sin rumbo y la más profunda oscuridad me envuelve.

 

He decido escribir mi historia. Dejar rastro de mi existencia, seguramente para subsanar mi culpa. No sé qué será del mundo, no sé si fuera de esta barrera temporal que nunca he llegado a entender del todo, si fuera de este universo paralelo en el que antes era el rey, la vida continúa. Si las personas ahora inmóviles de mi alrededor siguen haciendo su vida, no lo sé, pero mi interior espera que sí, aunque una parte muy pequeña de mi razón me dice que no es así.

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Tengo miedo y mi paranoia no deja de crecer cada segundo que pasa. El silencio me aterra más que cualquier ruido ¡Me siento tan solo! Hace una semana mientras dormía en una lujosa cama, en una de las casas más grandes de toda la ciudad, me pareció oír algo en la calle y el miedo se apoderó de mi y de todas mis articulaciones; sudores fríos resbalaban por mi espalda. ¿Cómo es posible? Fue entonces cuando lo vi claro; “Kronos” llegó a mi de casualidad, sin ningún criterio yo no hice nada para merecerlo, ni tampoco me pasó nada increíble que me proporcionara tal don. Simplemente la suerte o el azar lo trajo hasta a mi. Si es así, ¿acaso no podía haber acudido “Kronos” a otras personas de igual manera que a mí? ¿Es posible que exista alguien más con este don? Y esa persona, ¿está aquí?, ¿se ha quedado atrapada?, ¿querrá matarme?

 

Ahora no doy un paso sin sentir unos ojos clavados en mi nunca, sin pensar que alguien me observa, que quiere verme muerto. Hace más de tres días que no como nada, creo que me estoy volviendo loco, los recuerdos de días mejores se apoderan de mi y ya no puedo seguir caminado. Me siento en un banco. A mi lado hay un muchacho con gafas, lleva un móvil de última generación en la mano, parece que estaba mandado un mensaje a su novia: “ahora nos vemos, te quiero”. De repente me empiezo a reír, no se muy bien por qué pero no puedo parar; río y río. “Ahora” ese ahora nunca llegó, igual que no llegará jamás el mañana, no existe ni el presente, ni el futuro. Me levanto del banco y me alejo, entro en una comisaría y me siento en una especie de sala de espera. Enfrente de mi, y tras una mesa de madera, un policía llamado Luis me mira desde su silla con cara de pocos amigos. Yo también lo miro, pero lo que realmente me llama la atención es su pistola. Me levanto de la silla, me acerco sigilosamente a él y se la arrebato. Me siento en la misma silla que estaba antes y me dispongo a inspeccionarla. Parece una Beretta 92 y está cargada, es de color plata y la verdad es que pesa más de lo que esperaba. La miro y una sonrisita irónica aparece en mi rostro: “creo que mi sufrimiento ha acabado” -me digo-. Mi único consuelo es que nadie escuchará el disparo, nadie oirá como se desploma mi cuerpo inerte.

 

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