Arte

Por Rogger Bernal Galeano, alumno de SMR2 (accésit)

 

Es curioso cómo cambian las cosas de un día para otro. Si hechas un vistazo hacia atrás te das cuenta de todo lo que has pasado por alto. Al fin y al cabo todo pasa por alguna razón; y hay cosas que han de ocurrir quieras o no. Ahora me pregunto, ¿qué cojones hago en un puente que pasa sobre unas vías de tren? Es más, ¿por qué estoy aquí a las 7:56 am? Y más aún, ¿por qué me duele tanto la cabeza? Bueno, todo tiene su explicación, aunque sea difícil construirla, haré mi mejor esfuerzo

 

Al principio mis pensamientos no se acercaban para nada a lo complejo, todo era básico. De pequeño es cuando empiezas a aprender y por lo general, lo prime08-Rogger Bernal Galeano, SMR2ro que te llama la atención es lo que acaba gustándote. Me levantaba muy temprano para ver maratones de dibujos animados los fines de semana. Me resultaban fascinantes las series de anime, por sus buenas animaciones y las historias que contaban. Hacía dibujos de algunos personajes y me gustaba notar cómo iba mejorando mientras más lo hacía. Asique sin darme cuenta, convertí eso en un hobbie. Empecé a fijarme menos en lo que ocurría y más en los detalles que no lograba dibujar bien. Hasta que dejé de plasmar simples personajes en el papel y pasé a hacer escenas enteras en distintos planos, creando efectos de movimiento que aumentaban el realismo de las imágenes. Aquello me gustaba, pero no era lo que en un futuro mostraría como mi arte.

 

Con el tiempo fui dejando de lado los dibujos, ya no sentía la emoción que me daban con cuatro años, pero aquello era normal, nuestros gustos cambian constantemente. Más temprano que tarde, descubrí la música. No soy el tipo de persona que se impresiona con facilidad, pero la música era totalmente otro mundo. Quizás las mejores pinturas consigan apasionar a la gente, pero un efecto visual no tiene comparación con unas notas bien colocadas una con otra. El sonido llega de otra forma al cerebro, activa nuestras ganas de movernos y nos hace sentir parte de él.

 

Durante mi pre adolescencia, el género que definió mi gusto musical fue el rock. Era como si los otros tipos de canciones no existiesen para mí. Algunas incluso llegaron a parecerme ridículas y a veces me preguntaba cómo alguien podía considerar eso música, y más aún, escucharlo. No veía más allá de la agresividad del rock, era evidente que aún no conocía mucho y no sabía apreciar ciertas cosas. No quiero que se me malinterprete, no digo que no hayan canciones malas, simplemente generalizaba todo basándome en el rock como género predominante. Me di cuenta de que había más en la música de lo que yo creía, cuando me interesé por aprender a tocar un instrumento. Sentía como si yo y la guitarra hubiésemos sido creados para hacer algo en común, como si estuviésemos predestinados a trabajar juntos. Había encontrado el arte nuevamente y tenía la herramienta perfecta en mis manos.

 

Cuando empecé a ir al instituto sentía como si estuviera sólo. Prácticamente no conocía a nadie porque venía de un sitio distinto. Me costaba hacer amigos, pero con el tiempo fui relacionándome con la gente de mi entorno y acabé formando parte de un pequeño grupo. Éramos tres, y todos de la misma edad, ¿coincidencia? Puede ser, pero había algo aún más acojonante. Resulta que no sólo eran amigos desde primaria, ¡también eran una banda! Hacían canciones improvisadas y únicamente utilizaban la batería como acompañamiento. No es que fueran estúpidos, simplemente no sabían hacerlo de otro modo.

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Cuando descubrieron que yo “controlaba” algo la guitarra, automáticamente me convertí en miembro. Ensayábamos todas las tardes y escribíamos canciones en clase entre risas y llamadas de atención de los profesores. Llegamos incluso a hacer un par de conciertos. Todo eso terminó, lastimosamente el grupo fue distanciándose. En fin, era algo que tenía que pasar.

 

Poco tiempo antes de llegar a la mayoría de edad, empecé a vivir en la cuidad. No me había independizado, ni mucho menos, debía estar ahí porque sólo de esa forma podría estudiar lo que quería. Volvía a estar sin amigos, mis actividades se reducían a ir a clase y volver a casa, la monotonía me había consumido y eso me llevo a alejarme de la música por un tiempo. Esto fue así durante todo un año hasta que conocí a un par de personas. Empecé a salir de fiesta, me emborrachaba, fumaba porros y me metía en algún que otro lío. De alguna forma iba por un camino que no quería seguir, pero no me daba cuenta. Al madurar decides tu propio futuro, sabes que sólo dependes de ti mismo y tienes que esforzarte; yo tenía muy claro lo que quería hacer. Compartir mi arte a través de la música y llegar lo más lejos que pueda. Pero para ello hay que permanecer vivo y eso también dependía de mí. Llega un momento en el que si te pasas con la droga, piensas “ya no es divertido”. Y es entonces cuando empiezas a tener miedo. Acabé tocando fondo de la peor forma y sólo podía pensar “¿cómo pude llegar a esto?” Amanecí sobre un puente un domingo y no sé si fue una intervención divina, pero no morí a causa de los cero grados que hicieron toda la noche. Mis manos estaban entumecidas, sentía los labios secos y no podía parar de temblar. Hice un esfuerzo por levantarme. Miré el reloj y murmuré con una voz ronca “hora de ir a casa”. Sí… había tocado fondo. Pero no hay que preocuparse, no es nada que no se pudiera arreglar, sólo podía ir hacia arriba. Como dije “todo pasa por alguna razón y hay cosas que han de ocurrir” Tenía claro cuál era mi meta y llegaría a ella sea como sea.

 

Si estás leyendo esto es porque lo conseguí. Quizá una idea tan simple fuera lo que me salvó: No te alejes del arte, sigue viviendo.

 

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