Querida yo

Por Greta Galdós Serrano, alumna del ciclo ADIR 2º (1er Premio)

 

Si no lo había comentado aún, te escribo porque te quiero

 

“Querida yo:

 

Si estás leyendo esto es porque hay una parte de ti que necesita recordar, porque te sientes melancólica o porque necesitas saber que hay Gretaalguien que siempre estará contigo.

 

Acuérdate de cuando eras una niña que no tenía más preocupaciones que la de que mamá te dejara jugar después de hacer los deberes. Piensa en tu babi de cuadros azules y lazo rojo, recuerda cuando, con solo 3 añitos, llegaste inquieta a aquel colegio donde no conocías a nadie… Sé que ha pasado mucho tiempo y que los recuerdos no son nítidos, pero no me cabe duda de que sigues recordando pequeñas escenas, como me sucede a mí ahora. Fue aquella niña rubia con el pelo largo la que se convirtió en tu mejor amiga y quien pasó todos los malos tragos contigo – los tragos de verdad también los compartisteis, pero eso fue con unos cuantos añitos más –.

 

No podré borrar de mi mente cuando el mayor de los problemas era que a la hora de comer tocaba ese maldito puré de verduras que tantos lamentos provocaba, y recuerda aquella discusión con tus padres frente a ti cuando te negabas a comerlo: te metiste de un portazo en tu habitación y fuiste tan testaruda, que del tremendo golpe que diste, la puerta se rompió y te quedaste encerrada. Tenías 8 años y tal vez era el momento de empezar a controlar las reacciones tan propias de una niña que en rebeldía, ya apuntaba maneras. Sí, querida yo, siempre fuiste así y no fue el mundo el que te hizo así – como dice la canción –  por más que te empeñaras en ello en tu tortuosa adolescencia.

 

Aun cabezona, insurrecta e impredecible, siempre odiaste las injusticias: No soportabas ver cómo otros sufrían y desde pequeña te planteabas el porqué de tanta desigualdad, y te preguntabas por qué ocurrían y se permitían tantas atrocidades. Aprendiste a vivir con ello, pero nunca lo ignoraste. Ojalá el mundo haya cambiado cuando leas esta carta, pero me temo que no hay suficientes recursos en él para acabar con la avaricia de algunos, ni tanta bondad en las personas como para acabar con la violencia de nuestra especie. Aun así, no lo ignores: sé humana, pero aprende a vivir aunque te duela.

 

Si no lo había comentado aún, te escribo porque te quiero, porque debo quererte por encima de todo. Porque me tomé muy en serio cuando “güelita” decía “primero tú, luego tú y después tú y el que venga detrás que arree”. Y si estás leyendo esto, es porque te has olvidado de ello, ¿me equivoco? No, desde luego que no lo hago.

 

Alguna que otra vez sí que flaqueaste.  Sí que, como una auténtica idiota, te olvidaste de ti y de todos los que te queríamos, ¿verdad? Disculpa mi irritación, pero no puedo evitar que duela recordar cuánto daño nos hiciste. Así que no olvides cómo dolió aquella vez, cómo parecía que se rompía tu corazón y cómo dibujaste con tinta en tu piel con todo ese dolor. Esa “G” que llevas en tu mano izquierda te representa a ti,   esa persona a la cual no puedes ignorar. ¿Recuerdas que pensabas que nunca lo superarías? ¡Qué absurdo! Tan joven y creyéndote tan inteligente y torturándote tan tontamente a la vez.

 

Y es que, querida yo, independientemente de ti “el mundo te romperá el corazón de todas las formas imaginables, eso está garantizado” según se dice en una gran película que te encantó en su día, El lado bueno de las cosas se llamaba, no sé si la recordarás; si es que no es así, disfrútala otra vez. Tú siempre fuiste de las que en cada visionado sacaba diferentes conclusiones de las películas.

 

También  eras una cinéfila y una lectora empedernida y  espero que lo sigas siendo; recuerdo esas noches en vela leyendo hasta las tres de la mañana y… sí, al día siguiente madrugabas, pero tampoco hubieras podido dormirte sin saber el final de aquella historia.

 

Deseo igualmente que te siga gustando viajar. Viene a mi memoria que era tu gran ilusión. ¿Recuerdas aquellos trabajos tan poco reconocidos? Sí, ésos en los que juntabas los doscientos euros que necesitabas para reservar aquel vuelo low cost y  todos a tu alrededor comentaban la suerte que tenías de viajar tanto mientras tú, con una aparente falsa modestia, decías que no era para tanto. Tenías un mapa del mundo en tu habitación. Un mapa que te regaló alguien muy especial. En él marcabas los sitios donde habías estado, los sitios donde querías ir y los sitios que recorreríais juntos de la mano.

 

Viajar. Aquello se convirtió en tu profesión: Y no solo por aquel día  en que te graduaste en Turismo en la universidad, sino porque era lo que ocupaba tu mente en cada momento: Cuando tenías 24 años, no te importaba tanto en qué trabajar, sino que ello te dejara tiempo y dinero suficientes para, haciendo el mínimo gasto, poder visitar aquellos lugares que conociste. Querías hablar cinco idiomas y perderte en Nueva Zelanda; estoy segura de que lo habrás conseguido o, al menos, no lo habrás apartado de tu mente.

 

Recuerda aquel invierno cuando conociste al que desde el primer momento pensaste que era el amor de tu vida; su risa te devolvía a la infancia y su olor te sacudía el estómago haciendo que temblaran tus piernas. ¡Qué feliz eras pensando en un futuro perfecto! Siento curiosidad por saber si todo lo que deseabas finalmente se cumplió. Tal vez, incluso tuviste hijos y tu propia familia.

 

Querida yo, cuando te escribiste esta carta, tenías 24 años y un mundo lleno de oportunidades frente a ti. Muchas puertas las abriste, otras las descartaste, de otras…  bueno, de otras te echaron directamente sin decir siquiera “gracias”. Aciertos y errores se fueron acumulando hasta convertirte en lo que eres ahora. Por muy mal que vayan las cosas o si tu mundo trata de desmoronarse, sigue. Tú no eras de las que se detenía a ver la vida pasar.

 

Atentamente,

 

Tú.”

 

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