La Feria del Sur

Por Joan Manuel González Moreno, alumno de ASIR 1º (1er Premio)

 

¿Matarías para salvar tu propia vida? No entres a La Feria del Sur

 

Un rayo iluminó el cielo nocturno, bañando con su eléctrico destello toda la ciudad. Era tarde en la 20160218 Joan Manuel González Moreno ASIR1 La Feria del Suroficina y aún quedaba personal en la sala de redacción. Tan solo un puñado de periodistas  seguía trabajando para completar sus artículos para el periódico local. La lluvia y el aire frío golpeaban las ventanas. Dentro se podía percibir el murmullo de algunos trabajadores, el constante tecleo y a través de las paredes el hidráulico sonido de la imprenta.

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De pronto un hombre entra en la sala con una cámara enorme bajo el brazo, y se acerca a una de las mesas, situada junto a la ventana donde una joven periodista está trabajando.

 

— ¿Estás lista? —dijo el cámara con tono animado a su compañera—. Me han dicho que tenemos que cubrir la noticia para la web sobre el parque abandonado. No abogo por el sensacionalismo, pero la audiencia manda.

—Dame un segundo, termino esto y vamos, ¿cogemos tu coche?

Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—Qué remedio, si hay algo que no tiene esta empresa, aparte de buenas noticias, son coches oficiales.

—No muerdas la mano que te da de comer.

 

En el coche, el cámara preguntó:

 

—¿A ver, de qué narices va todo esto? —dijo sin despegar la vista de la carretera.

—Vamos a entrevistar a un tipo que dice ser testigo de desapariciones en los alrededores de la Feria del Sur.

—Pero ese sitio hace años que está abandonado, no sé qué valor informativo tienen las historias de fantasmas.

Se estaba asustando, no quería que su compañera se diera cuenta, pero su voz lo delataba cuando arrastraba las últimas silabas de cada palabra al hablar.

—No creo que se trate de un hecho paranormal —dijo con seguridad la periodista—. Vamos allí, entrevistamos al tipo, y nos vamos lo antes posible.

—Estoy contigo.

 

Después de varios minutos conduciendo por viejas carreteras con descolorida iluminación, llegaron a su destino. Aquel lugar tenía un aspecto lamentable, se notaba que hacía tiempo que allí ya no trabajaba nadie. Desde la carretera se podía divisar un parking sin asfaltar y al fondo una descomunal silueta desgastada de un fantasma burlón, que parecía ser la mascota de la feria. A causa de la lluvia, el barro se había convertido en fango, por lo que era muy complicado maniobrar con el coche por aquel terreno. Por eso ellos decidieron aparcar en el arcén de la carretera y acercarse andando hasta el lugar acordado.

 

—Hace un frío que pela y encima está lloviendo, esto mejora por momentos —dijo él mientras soplaba sus manos para calentarse.

—¿Es que no puedes dejar de quejarte ni un segundo? —dijo ella con tono irritado.

—Vale, perdona, mente positiva —dijo él mientras abrazaba a su compañera—. ¡Eh, ese debe ser su coche! Acabemos con esto.

Ellos estaban a solo unos metros del coche del entrevistado, pero el esfuerzo que dedicaban en cada paso les dejaba exhaustos por culpa del fango.

A medio camino ella se dio cuenta de algo.

 

—¿Y tu cámara?

—Mierda, ahora vuelvo.

 

Él dio media vuelta y fue a buscar la cámara mientras se frotaba las manos. Ella no se detuvo, siguió caminando hasta llegar al coche.

 

En aquel lugar no parecía haber nadie, ni siguiera dentro del vehículo.

 

—Qué raro —dijo ella.

 

Acercó su rostro a la ventanilla y observó que las llaves estaban puestas y los faros delanteros encendidos. Al levantar la cabeza y mirar a su espalda su compañero estaba volviendo con la gran cámara en la mano, recubierta de un plástico transparente para proteger el aparato de la lluvia.

 

—Ya tengo la cámara, ¿qué pasa?

—El señor López no está en su coche.

—Habrá ido a mear detrás de un arbusto, no te preocupes.

 

En ese momento se escuchó un grito desgarrador proveniente de las profundidades de la feria, que reverberó dentro del gigantesco fantasma, produciendo un metálico eco.

 

—¡QUÉ HA SIDO ESO!—gritó sobresaltada.

—No tengo ni idea, ni quiero saberlo, vámonos de aquí —dijo él dando un paso atrás que lo hizo tambalear.

—Quizás sea el señor López, es un señor mayor, a lo mejor ha entrado en la feria y está desorientado. Vamos a buscarlo, lo llevamos a su casa y dejamos la entrevista para otro día —dijo ella mientras intentaba tranquilizarlo.

 

Él no tenía ninguna intención de entrar a una fangosa cloaca como aquella feria, y aquel grito lo dejó sin aliento, por otro lado no quería quedarse solo en el coche, así que caminó detrás de su compañera sin perder de vista su espalda. La luz de los faros del coche alumbraban las dos entradas del parque, situadas bajo la gran mascota. Las taquillas estaban polvorientas y vacías, como era de esperar. Las puertas giratorias estaban oxidadas, por lo que había que forzar un poco la rotación al entrar.

 

Dentro, mientras caminaban por serpenteantes caminos de barro y grava, percibieron algunas zonas de la feria iluminadas. Qué extraño, se suponía que aquel lugar llevaba años abandonado. De vez en cuando se podían escuchar lo que parecía gente corriendo y jadeos, podía ser también la lona de la carpa del circo, que se movía y sacudía a causa del viento y la lluvia.

 

—Me estoy empezando a acojonar, venga, vayámonos —dijo él mientras se aferraba a la chaqueta de la periodista.

—Espera, tenemos que saber qué está pasando, ¡podría ser la mejor exclusiva de nuestra carrera!

—Voy a llamar a la policía.

Él llamó, pero nadie contestaba. Su teléfono no tenía cobertura.

—Oye, ¿tienes cobertura?

—No, no tengo —dijo ella elevando su teléfono al cielo—. Qué raro, fuera sí tenía.

Los sonidos en la feria no parecían desaparecer, él podría jurar haber escuchado una tos y un sollozo tras el muro de ladrillo que se encontraba a sus espaldas.

—Pues vamos fuera, llamamos a la policía y nos vamos. Está claro que no estamos solos —dijo él.

Otro grito enrareció aún más el ambiente.

—Parece que proviene de ahí —dijo ella señalando la vieja casa del terror —, yo quiero saber qué está pasando, si no quieres venir no vengas.

 —Estás loca… me voy al coche.

 

Ellos se separaron, él volvió sobre sus pasos, y ella se dirigió a la casa del terror.

La vieja casa parecía tener luz eléctrica, pero lo que de verdad le llamaba la atención era una iluminación notablemente más potente en el piso superior.

 

Por dentro era mucho más grande de lo que aparentaba desde fuera. El olor a humedad que desprendían las paredes y el suelo era intenso. Había una alfombra roja que cubría el estropeado suelo de madera y revestía la escalinata que se encontraba frente a la puerta principal. Aquel lugar había sido desmantelado hace tiempo, aún se podía percibir el contorno de los cuadros en las paredes.

 

Ella comenzó a subir la escalinata, con cuidado, era evidente que aquella estructura no aguantaría mucho peso. Escuchó un potente alarido fuera de la casa. Aquella voz le resultaba familiar.

 

—¡ANTONIO!

 

Inmediatamente salió corriendo hasta la entrada de la casa. Al llegar se tapó la boca para no dejar escapar su voz. No podía creer lo que estaba viendo: un hombre con un cuchillo en las manos se estaba desvaneciendo y a sus pies yacía un cuerpo inmóvil. Acababa de presenciar un asesinato.

 

Aterrorizada, volvió dentro de la casa, subió de manera acelerada hasta el piso superior y se introdujo en una de las habitaciones. Eran los lavabos, el mismo lugar que le llamó la atención desde el principio. Se sentía más segura, pero no estaba sola, de forma repentina un torso se incorporó desde dentro de la bañera. Era un viejo con aspecto harapiento. Ella sacudió su cuerpo y adoptó una posición defensiva cogiendo una tubería que se encontraba en el suelo.

 

—¡No se acerque! —gritó asustada.

—Tranquila señorita, no quiero hacerle daño.

—Por favor ayúdeme, no sé qué está pasando. Tengo miedo.

—Por lo que veo acabas de entrar en este sitio.—salió de la bañera y caminó hasta ella.— Te diré una cosa, solo hay una forma de salir de aquí.

—¡Cómo!

—No es fácil, una vez entras aquí estás atrapado. Eres un condenado que vaga por este infierno en el que matas o mueres. La única forma de salir de este sitio es matando a algún insensato que haya decidido entrar, como tú y como yo. Podemos unirnos para matar a un par de tontos y salir de aquí juntos.

—¿Estás loco? No pienso matar a nadie. Voy a buscar la salida.

—Si es así, tu eres mi pasaporte de huida.

 

Ella empujó al vagabundo para escapar por la puerta, pero él se abalanzó sobre ella y se dieron de bruces contra suelo. Él le arrebató de las manos la tubería de metal, y cuando se disponía a asestar su primer y único golpe, algo irrumpió en el lavabo, la puerta se abrió completamente de manera violenta y se escuchó un potente disparo. El vagabundo se desplomó como un saco de patatas sobre ella y vio en frente como se desvanecía un hombre que empuñaba un revólver. Finalmente su salvador desapareció y el arma cayó. Cogió el revólver y salió de aquella casa. Corrió y corrió hasta llegar a un pequeño mirador. Sentado en el pavimento se encontraba un joven muchacho aterrorizado.

 

—Por favor ayúdame! Llevo horas perdido y no sé cómo salir de aquí.

Entonces ella, sin tan siquiera pensar en la gravedad de sus actos le apuntó con el arma.

—¡No, por favor no me mates!

 

Fueron unos pocos segundos el tiempo que ella encañonó a aquel joven, pero para él parecía una tortura sin fin.

 

—Tiene que haber otra forma, tiene que haber otra forma… —dijo ella bajando el arma y siguió corriendo—, asesinar no puede ser la solución.

 

Unas semanas más tarde, después de media noche, unos jóvenes se acercaron a La Feria del Sur.

 

—No hay nada mejor que pasar una noche haciendo el canelo en un parque abandonado, ¿verdad?

—Siempre me la liais, sabéis que a mí me dan miedo estas cosas.

—No seas tonta, ¿qué nos va a pasar?

 

Ellos jamás habían visitado aquel lugar, por lo que más allá de las leyendas urbanas que contaban algunas personas de su pueblo, ignoraban las atrocidades que sucedían cada día.

 

Una silueta apareció frente a ellos.

 

«Clic»

—Lo siento, necesito salir de aquí.

 

 

 

 

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