Cuando se sube el telón

Por Javier Setién Rivas, alumno de ASIR 1º (5º Premio)

 

Anochecer

 

Se levantó y sacudió sus ropas tras la caída tratando de limpiarlas. Si algo le había 20160224 Javier Setién Rivas ASIR1 Cuando se sube el telónenseñado la vida era que si estás solo, debes levantarte solo, sin esperar ayuda, no puedes quedarte tirado en el suelo esperando un milagro. Aquel desierto parecía eterno, y él estaba perdido. Le preocupaba no lograr encontrar la salida antes de morir o de volverse loco.

 

Continuó andando. Había dunas hasta donde le alcanzaba la vista, y el calor era sofocante. Su cantimplora guardaba aún unas últimas gotas de agua, pero solo servirían para humedecer su lengua. De pronto, le pareció vislumbrar un oasis. Tomó la decisión de pasar de largo; estaba convencido de que se trataba de otro espejismo y de que de nuevo, terminaría por beber arena.

 

Su lengua estaba ya demasiado seca, su cabeza, cubierta horas antes con un ropaje húmedo, comenzaba a arder y amenazaba con derretirse. Sabía que no encontraría la salida de aquel desierto, que sucumbiría como hicieron tantos otros en su lugar.

 

Pasó sus últimas horas recordando el motivo por el que acabó allí. Todas las personas a las que quiso le dieron la espalda. Tal vez lo único que necesitaba era un abrazo de ella, un abrazo que le refrescase y que le diera de beber, pero ella se había ido.

 

Él estaba en casa, recogiendo las cosas que ella se dejó. Pero aquella parte de él, la que la quiso como si no fuese a haber otra, la que creyó en sus amigos como si fuesen sus pilares, aquella parte estaba en un desierto, luchando sin éxito por permanecer vivo y recordando la causa por la que estaba muriendo. No hubo suerte aquel día, también hay días negros.  La noche era oscura y fría.

 

Amanecer

 

Despertó. Miró a su alrededor, no había nadie. Se dio cuenta de que todas esas personas con las que mantenía conversaciones a diario, eran reemplazables, sustituibles, fugaces. Reflexionaba y entendió que él daría más por ellos de lo que nunca recibiría por su parte.

 

Comprendió que la palabra “amigo” es utilizada a la ligera y que a veces no se aprecia su verdadero valor. Llamar a alguien “amigo” es como decir “te quiero”, fácil

y cualquiera recurre a ello, pero solo unos pocos saben apreciar esas palabras.

 

Pero no hay tormenta que dure eternamente. En algún momento sale el Sol, te da un respiro. A veces, tras tanta oscuridad la luz te deslumbra, pero una vez acostumbrado a su fulgor, empiezas a disfrutar de ella. Nunca fue partidario de bajar los brazos, y gracias a ello la conoció, su luz. Fue inevitable enamorarse de ese destello. Apareció cuando creía que todo estaba perdido. Le miró, le sonrió y le hizo compañía en su soledad. 

 

Al cabo de un tiempo, la luz se convirtió en parte de él, le acompañaba a todas partes… y es que la llevaba ya tatuada en su pensamiento sin darse ni cuenta, un tatuaje que no quería borrar. Sus pesadillas se tornaron en bellos sueños en los que ella de vez en cuando se dejaba ver. Sus lágrimas quedaron borradas de sus ojos, y su sonrisa empezaba a tener un nombre. Le daba un motivo por el que despertar contento y acostarse feliz. Se convirtió en un todo para él. Comenzaba a desear entonces que nunca se separase de su lado, por temor a quedarse sin nada… de nuevo. Fácil es amar y difícil, muy difícil, olvidar.

 

Pero llegó un día en que todo le supo a poco, y decidió ir más allá, con ese pedazo de cielo, esa luz, la que ya era su Luz, y la besó, la acarició y la abrazó. Entendía lo que se siente al tocar el cielo.

 

Y es que ninguna tormenta dura eternamente, tampoco el Sol es eterno. Tras el verano, acaba llegando el invierno. Pero esa Luz quedaba grabada en su memoria, forma parte de su vida. Soñaría despierto gracias a ella… es fácil acostumbrarse a lo bueno.  Amaneció soleado.

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